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Celebrar a las mujeres que escriben

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Este año por primera vez se celebra el Día de las Escritoras (el lunes siguiente al 15 de octubre) como una iniciativa para reconocer el trabajo de las mujeres que fueron fieles a su necesidad de crear, de explorar y de expresarse a través de la palabra escrita. Esta celebración es necesaria en un mundo donde la discriminación hacia las mujeres en las letras ha desterrado de la memoria de los lectores a muchas y muy valiosas autoras, cuya obra merece ser rescatada por su calidad, por su forma de abordar y comprender la experiencia humana en todas sus posibilidades.

Muchas de ellas publicaron tras seudónimos masculinos, porque era inconcebible que una mujer escribiera, y si escribiera que no fuera algo distinto a historias de romances cursis, poemas empalagosos para sus enamorados o tiernos cuentos para adormilar a las criaturas en las noches. Ahí tenemos por ejemplo a Émily Brontë, que solo como "Ellis Bell", pudo publicar sus Cumbres borrascosas. O a Pauline Mary Tarn, quien, primero como René Vivien y luego como Paule Riversdale, publicaría su trabajo, el cual lograría el sincero elogio de los críticos. Sin embargo, una vez que estos descubrieron que su "nuevo Baudelaire" era una joven dejaron de lado todo su anterior reconocimiento y pasaron al descrédito y la burla hiriente por la orientación sexual de la poeta. A pesar de todo, Vivien diría en su lecho de muerte que nunca se arrepentiría de haber escrito bella poesía. Por desgracia, como Émily y Pauline/Renée se cuentan más literatas en situaciones similares.

En su editorial para el primer número de la revista francesa Brujas, la periodista y crítica Xavière Gauthier señaló que a las mujeres "tratan de hacernos creer que no sabemos cómo hablar o escribir; que somos tartamudas o mudas", y que si acaso osábamos tomar la palabra, para que fuéramos atendidas (ya ni siquiera esperar reconocimiento por nuestro trabajo), deberíamos hacerlo adoptando formas discursivas establecidas con rigidez, palabras acarameladas en estricta conformidad con la supuesta delicadeza y apacible belleza de nuestro sexo. Pero Gauthier se negó rotundamente a encerrarse en semejante cárcel de expresión y alegó que las mujeres no pueden sujetarse a eso, porque sus recursos expresivos y creativos, al igual que sus preocupaciones y deseos, son de naturaleza diversa: "cantan, aúllan, jadean, balbucean, gritan, suspiran. Sus silencios incluso se pueden escuchar". La expresión libre de las mujeres es poderosa y trasciende las restricciones.

La escritora argentina Luisa Valenzuela parece estar de acuerdo con lo anterior y también expresa que la escritura femenina en absoluto está emparentada con "aquellas azucaradas palabras con las que hemos sido recubiertas a lo largo de los siglos. Abrillantadas, bañadas en colores rosados como torta barata". Para Valenzuela, la escritora es aquella que renombra el mundo y no teme usar las palabras, incluso las "prohibidas", las "malas", las catárticas; es decir, las palabras de poder que trasgreden la censura, las que "podrían perturbar el preestablecido orden del discurso masculino".

Justamente en su ensayo Las malas palabras, esta autora nos recuerda que elegir la escritura franquea los abismos y requiere de valentía para llegar a ese territorio de la palabra escrita donde la libre expresión es válida y urgente para explorar, para derrumbar las murallas que todavía aprisionan a las mujeres. Valenzuela manifiesta: "Hace tanto, ya, que venimos lentamente escribiendo, cada vez con más furia, con más autorreconocimiento. Mujeres en la dura tarea de construir con un material signado por el otro. Construir no partiendo de la nada, que sería más fácil, sino transgrediendo las barreras de censura, rompiendo los canones en busca de esa voz propia contra la cual nada pueden ni el jabón ni la sal gema, ni el miedo a la castración, ni el llanto".

Cada mujer que escribe ha desarrolldo un estilo propio, justo a la medida de sus inquietudes, talentos y esfuerzos. Cada una tiene algo qué decir sobre su concepción de la actividad escritural y de sus razones para tomar la pluma. Sea por un ideal casi divino o por motivos mundanos, sea por rebeldía y furia, sea por convicción o por puro descubrimiento y disfrute personal, sea por el motivo que sea debemos reconocer y celebrar a esas mujeres que escriben, a cada uno de sus textos. Y nada mejor que leer sus libros, comentarlos y, por qué no, escribir para darle continuidad a ese legado femenino de palabras, que nunca debe ser amordazado ni sepultado por los prejuicios. Pues como escribió Margaret Atwood en su poema "Spelling": “Una palabra tras otra palabra tras otra palabra es poder”.

Desde mi humilde universo de letras, siempre reconoceré y agradeceré a todas las escritoras que me antecedieron, pero especialmente a aquellas que me han inspirado y me han fascinado con sus creaciones literarias únicas, sus desafiantes ideas, sus atrevidos puntos de vista y su entrega al oficio de la escritura. Siempre estaré en deuda con Renée Vivien, Mary Shelley, Amparo Dávila, Elena Garro, Émily Brönte, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Luisa Valenzuela, Xavière Gauthier, Sor Juana Inés de la Cruz, Cristina de Pizán, Aglaia Berlutti, Edna Montes, Laura Solórzano y una infinidad más de escritoras que me han enseñado a no conformarme, a no escoger el silencio y, en cambio, hacer magia con las palabras.

 

Andrea Olson

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