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El Día Internacional del Libro y los recuerdos de la Bruja de las palabras

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No recuerdo la fecha exacta en la que comenzó mi amor por los libros y la lectura. Probablemente es porque se trata de un hermoso ciclo que se ha extendido a lo largo de mi vida. Recuerdo bien mi emoción al escuchar los cuentos del gato Mia-mia-miau que se inventaba mi padre cuando yo tenía como tres años, o mi enorme felicidad al hojear los libritos ilustrados que me compraba mi mamá en el super. Atesoro el recuerdo de haberme quedado maravillada en el kinder con un libro ilustrado de Moby-Dick. Atesoro mi impaciencia por ver qué textos esperaban por mí en el libro de lectura o el de Español de la primaria. Atesoro la imagen de verme forrando amorosamente los libros para protegerlos de todo daño.

Pero, si algún momento fue más definitivo para estrechar mi relación con los libros y la magia de las palabras, ése fue el último año escolar de la primaria. Entonces, aprovechaba mis horas de recreo para sentarme en las jardineras, abrir un libro y disfrutar golosamente de sus historias o datos sorprendentes. Y así, los libros, los autores y sus personajes se convirtieron en entrañables amigos que me hablaban de mundos ajenos al mío y, al mismo tiempo, de emociones tan familiares para mí. De esa forma, los momentos solitarios en la escuela dejaron de ser una soledad vacía y dolorosa.

Las tardes de ese año, cuando salía a pasear al parque y me cansaba de jugar, tomaba un respiro y continuaba mi lectura en una de las bancas. Amaba que el aire fresco desordenara mi cabello y las hojas. Más que una distracción odiosa, era como un juego, como si el aire quisiera adelantar las páginas para saber el final o regresarlas para releer algún párrafo que lo había fascinado. Me reía a carcajadas con el libro entre las manos. Eran días felices.

Ya en la secundaria, me enamoré de Poe, de los mosqueteros, de los vampiros y de los dioses griegos. Pasaba horas en las librerías revisando los títulos y gastaba irremediablemente todos mis ahorros ahí. Anne y yo compartíamos nuestras lecturas. Nos recomendábamos libros con gran entusiasmo. Y la amé más por adentrarme en el mundo de El jardín secreto y las leyendas medievales con sus poderosas hechiceras, valientes príncipes y criaturas mágicas. En esa época, también empecé a escribir cuentos y poemas bastante inocentes y llenos de defectos. Pero, fue un comienzo. Mi primera magia de las palabras.

La preparatoria trajo consigo interesantes descubrimientos literarios. Más que nunca la imagen de la bruja entre libros me sentó tan bien. La lectura salvó mi vida. Se convirtió en mi única esperanza para afrontar el dolor de perder a mi hermana. Y ya que a la literatura le debía la vida y algo de cordura, decidí estudiar una carrera relacionada con ella. Primero, empecé con unos cursos de un diplomado en Creación literaria. Luego, ingresé a la licenciatura en Letras. Y fui feliz sin importar las horas de sueño perdidas, el estrés de finales de semestre o la ceguera creciente de mis ojos cansados.

Bonita fecha para recordar todo esto. Pero, creo que mis recuerdos y mis lecturas pasadas, actuales y futuras, son la mejor manera que tengo de celebrar el día en el que los libros tienen su fiesta alrededor de todo el mundo.

Andrea Olson

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