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El horror acústico de mi sangre

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Desde hace días, percibo el sonido de una palpitación lejana, parecida al ritmo del latido de mi corazón. Es el murmullo de mi sangre y, sin embargo, le temo. Me angustia su inocua, queda, pero interminable resonancia. Me irrita ese sinouoso rumor que no cesa. No comprendo el enigma de ese golpeteo rítmico de mis venas y arterias. Palpitaciones que no se convertirán jamás en dulces sueños. Horror acústico que revela la fragilidad, el posible deterioro, de este cuerpo que habito y que, a veces, apenas me sostiene. Turbulencia arterial que acompaña mis noches insomnes. Sé que la vida es movimiento y sonido. Pero, ahora mismo, preferiría la quietud y el silencio. Un instante de paz. Un segundo sin este flujo desordenado y, quizás, profético de un colapso. Todo a mi alrededor se reduce a esas infernales vibraciones de caracol vacío, a ese lamento sanguíneo que no debería ser capaz de escuchar. Cascabel, temblor, soplo en espiral, agua pulsátil que se desliza lentamente desde mi cabeza hasta el cuello. ¿Qué es esto? ¿Cómo resistir a esta tortuosa incomodidad? ¿Cómo sobrevivir a esta insoportable incapacidad de dormir, de pensar, de crear, de imaginar, de leer, de reír... de simplemente estar en mí sin sentirme aturdida?

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