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El mecanismo de las brujas: El otro poder, la otra cultura. Una visión de género del personaje de la bruja en El mecanismo del miedo

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Andrea Olson


Las brujas representan el miedo al poder de las mujeres, por eso se las aparta, se las demoniza y se las tacha de algo obsceno, porque son muy transgresoras, porque se atrevieron a vivir solas sin la protección de un varón.

Ana Cristina Herreros

 

 

Introducción: La bruja, una metáfora de la rebeldía femenina

 

Como mujer, la bruja ha sido relegada dentro de la cultura patriarcal; se le despojó de su  halo mítico y seductor de sacerdotisa y hechicera para estigmatizarla. Ahora se mueve en la periferia de la civilización, de la racionalidad, del poder y del bien. La bruja es una mujer marginada por partida doble: se le margina porque no se ajusta a la ideología religiosa dominante (venera las deidades paganas y rinde culto a la Naturaleza) y porque aparece como la antítesis de la figura angelical y sumisa que el mundo masculino impuso a la mujer (la bruja maneja las fuerzas naturales, opera sobre el porvenir, se le asocia con pulsiones fuertes, posee conocimientos y sexualmente asume un rol activo).

     En el imaginario colectivo, la bruja se ha vuelto una de las imágenes simbólicas que intentan representar algunos de los complejos aspectos de lo femenino, en particular de su faceta negativa (al menos negativa desde la visión masculina). Al respecto, Lagarde (2003) afirma que: “Bruja en la cultura patriarcal es un insulto, una satanización, y un estigma; quien es bruja se coloca en la parte mala del mundo, porque la bruja encarna simbólica y míticamente a la malamujer: malamadre, madrastra, mujer erótica” (p. 729).

     Desde distintas perspectivas, su imagen se bifurca porque “[l]a bruja es una imagen ambivalente, cargada de negatividad pero también fuente de poder necesaria en ciertos casos” (Perceval, 1995, p. 48). Las concepciones que se tienen acerca de la bruja van desde la mujer perversa asociada a las fuerzas oscuras hasta la de la sabia que es “la primera en rebelarse contra la degradación de la mujer, la fundadora del progreso y la ciencia” (Pacheco, versión digital).

     Sea cual sea la imagen que adopte, la bruja constituye una de las representaciones de la mujer recurrentes en el folclor y el arte de distintos pueblos del mundo. En especial, la literatura fue un espacio propicio para que se convirtiera en un personaje mítico. Como la imagen popular de la bruja, el personaje literario comparte el simbolismo de lo otro, de lo que es antagónico, de lo marginal: las brujas suelen ocupar el rol de adversarias, de quienes se oponen al orden establecido en la diégesis. Este rasgo define la caracterización compartida por la mayoría de las brujas de la literatura universal, desde Circe, Medea, las Hermanas fatídicas o brujas de Macbeth y Celestina, hasta las protagonistas de sagas actuales como La guerra de las brujas, de Maite Carranza; Las brujas Mayfair, de Anne Rice, o Charmed, de Constance M. Burge, por mencionar algunas.

     En la literatura mexicana, asimismo la bruja se ha posicionado como un personaje trascendental: Escritores como Carlos Fuentes, Elena Garro, Laura Esquivel, Sandra Becerril, Luis G. Abbadie y Norma Lazo han retomado a dicho personaje como eje de sus obras, consiguiendo así la actualización de la tradición literaria occidental de las brujas. Pero, el tratamiento que le dan al personaje se caracteriza por el juego con los estereotipos que lo representan (la malvada bruja anciana, la nana sabia, la seductora hechicera, la curandera o la nahuala) y la innovación en sus rasgos y los roles que asumen.

     La identidad de la bruja en las letras mexicanas se encuentra encubierta, pues no se le otorga este nombre abiertamente, sino que a través de su caracterización el lector descubre su condición de mujer mágica. Sin embargo, su carga simbólica se mantiene y siempre habla sobre la mujer tabú, la mujer que ejerce un poder distinto al poder masculino, la que “trae con ella otra dimensión del mundo” (Lagarde, 2003, p. 729). A lo largo de la historia, los autores mexicanos encontraron en la bruja, más que una imagen caricaturesca de la mujer-monstruo, una alegoría de la trasgresión femenina, de las fuerzas antagónicas de lo que es legitimado por el canon (alegoría del contrapoder y la contracultura).

     En especial, las autoras mexicanas han problematizado la imagen tradicional de la bruja en su trabajo literario. Desacreditan muchos de los mitos y estereotipos asociados a menudo con las brujas, establecen una asociación entre brujería y naturaleza y se centran en el fenómeno de las mujeres que adoptan la identidad de brujas. La bruja constituye una figura con poder en la escritura de las literatas mexicanas, un poder que nada tiene que ver con lo demoníaco, sino con la manifestación de un saber y una cultura propios. Para ellas, la bruja no debe mirarse como un personaje que ridiculice ni estigmatice la identidad femenina. Por el contrario, la bruja es un personaje femenino que reivindica a la mujer, pues “tiene la capacidad de ejercer la autoridad sin la presencia masculina” (Esquivel, 153, citada en García, 2002, p. 709). Las autoras mexicanas replantean la caracterización y el rol de la bruja como personaje: La sacan de la dinámica de desvalorización y sometimiento para reconocer en ella sólo la diferencia, el otro poder y la otra cultura. Esta tendencia se ha desarrollado paulatinamente en la narrativa desde hace varias décadas, para madurar ya en la producción actual con novelas como El mecanismo del miedo, de Norma Lazo.

     El mecanismo del miedo ofrece otra lectura de la bruja literaria. Yuxtapone la imagen de la bruja marginal, objeto de “suspicacias y rumores” (Lazo, 2010, p. 222), con la imagen de las brujas como «mujeres que buscan de forma activa una identidad social como hacedoras de magia» (Purkiss, 1996, p. 145). Lazo (2010) involucra a sus personajes femeninos con la brujería como si ésta constituyera un conocimiento alternativo del mundo, una especie de «capacidad de actuar femenina» (p. 222). La bruja entonces adquiere la dimensión de una representante de otro poder, de otro orden. Interesante es el planteamiento que ofrece Lazo en su novela, porque transforma a la bruja de antagonista en heroína, de monstruo en una mujer que construye su identidad por sí misma.

     Este ensayo pretenderá ser un acercamiento al personaje de la bruja en El mecanismo del miedo, desde la teoría de género. Se optará por estudiarla bajo la perspectiva de dicha teoría, ya que se podrá observar la figura de la bruja desde un ángulo diferente y así encontrar otras implicaciones relacionadas con ella en el ámbito literario: Generalmente, se estudia a la bruja y a la brujería como fenómenos históricos, antropológicos y sociológicos, o bien, como fenómenos limitados a la literatura fantástica e infantil. Sin embargo, a la luz de la teoría de género el personaje de la bruja adquiere nuevas interpretaciones e implicaciones relacionadas con su imagen; por ejemplo, la bruja puede representar la experiencia activa de las fuentes femeninas, el conocimiento trasgresor del orden patriarcal.

     El interés de este trabajo se centrará en los elementos que configuran la caracterización del personaje, la posición de la bruja frente a la esfera dominante en la diégesis, las formas y motivaciones por las que se le identifica como el “Otro” para el varón, al igual que se centra en su relación con el ejercicio del poder y el control dentro de la novela. Para el análisis de los aspectos anteriores, se tomará el personaje de la abuela Eduviges, cuya caracterización de la bruja corresponde a la más compleja e integral que presenta la novela.  

 

El mecanismo del miedo: Una historia de brujas

 

No tengo mucho más que contar, quizá solamente admitir que nunca me avergoncé de ser una bruja, ni renegué ni le di la espalda a mi linaje. (Lazo, 2010, p. 223).

 

El mecanismo del miedo es una historia de brujas. La novela narra la historia de una dinastía de mujeres encargadas de custodiar un aparato que siembra el miedo entre los niños y con él alimenta a una especie de dioses primigenios denominados Sombras. El mecanismo es la magia de la que son poseedoras las brujas Berenguer: “Lo que para ellos es signo de brujería para nosotras es una predestinación que nos obliga a continuar con el deber de las herederas de Catalina Berenguer de Alcarrás: ser las guardianas del mecanismo de miedo”, (Lazo, 2010, p. 13), revela María José Berenguer, la protagonista.

     En su lecho de muerte, María José escribe una carta a su hija en la que le confiesa su condición de bruja y las implicaciones que tal condición supone para todas las mujeres de su línea familiar: Las brujas Berenguer son poderosas y fuertes gracias a que dominan el mecanismo del miedo y poseen el conocimiento que ofrecen los libros (poseen una inmensa biblioteca con una colección de los mejores títulos de terror). No obstante, el costo de su poder y su legado es la soledad, pues todas las Berenguer pierden a sus maridos doce años después del nacimiento de su primogénita: “Durante siglos todas las mujeres de la familia han enviudado en los primeros doce años de matrimonio” (Lazo, 2010, p. 10), profecía que se explica en la carta. Asimismo, su posición trae otras consecuencias como la segregación social: la persecución por parte de la Iglesia católica y la desconfianza de los lugareños convirtieron a las Berenguer en seres marginados del orden dominante.

     La historia también relata cómo la protagonista descubre el secreto familiar luego de que se muda junto con su madre a la casa de su abuela Eduviges, tras la muerte repentina de su padre. Pese a las prohibiciones de su madre (la más importante, no puede entrar a la biblioteca de su abuela), el personaje de María José va internándose en el mundo enigmático de Eduviges y se forma una idea de por qué a todas las mujeres de su familia las han tachado de brujas. Su abuela la inicia en la literatura de terror al darle uno de los libros de su biblioteca, hecho con el que, sin saberlo, la joven se prepara para su iniciación como futura guardiana del mecanismo del miedo.

     En El mecanismo del miedo los personajes identificados con la figura de la bruja son tres: Catalina, la poderosa matriarca de la línea Berenguer, la abuela Eduviges y la misma María José. Sin embargo, el personaje de Eduviges es el más complejo puesto que su imagen brujeril es ambigua: Encarna una de las figuras tradicionales de la bruja, the witch- crone[1] o bruja-anciana, la representación de la mujer sabia “que, por su cercanía con la muerte, está más cerca al mundo de las tinieblas y los fluidos nocturnos, a la tierra que es matriz y también fosa” (Pacheco, versión digital). Pero al mismo tiempo que es la bruja anciana, su caracterización no se ajusta del todo a dicha figura, pues carece de las connotaciones oscuras que tiene como tal; por ejemplo, la asociación con fuerzas diabólicas, la repugnancia de su aspecto físico y ser desagradable, malévola o siniestra. Además, en la caracterización de Eduviges convergen otras imágenes de la mujer mágica: Es la bruja-abuela bondadosa y la curandera (curandera porque al conocer cómo funciona el mecanismo del miedo puede remediar los males que causan las Sombras).

     Es importante hacer notar también que el personaje se distancia de todo estereotipo de la bruja como hacedora de magia o maleficios. Su condición de bruja tiene que ver menos con la magia sobrenatural (pociones, conjuros, dominio de las fuerzas naturales, visión del futuro), que con el conocimiento y manipulación de los temores humanos, con su posición marginal frente a la esfera dominante, y con el carácter radical de sus ideas. Así, en Eduviges Berenguer se problematiza la representación de la bruja literaria y se reconsidera la naturaleza de su poder, un poder ya no demoníaco cuya incidencia es externa, sino que es el poder de construir una identidad propia, de defender sus convicciones, de ser sujeto y no objeto.

      A través de este personaje en El mecanismo del miedo, se propone una nueva concepción de la bruja y, a la vez, se manifiestan las formas en que ella, un ser segregado y sometido, transgrede los límites, ejerce un contrapoder y representa una fuerza antagónica a la norma establecida para las mujeres. En los próximos apartados, se estudiará la relación existente entre el personaje de la bruja, el género y las expectativas de género, la bruja y las fuerzas antagónicas al poder dominante en la novela, así como los contrastes entre el personaje de Eduviges con otros personajes que representan distintas facetas de la bruja en la diégesis.

 

La bruja, una fantasía de género en El mecanismo del miedo

 

The witch as a fantasy of gender emerging from this structuralist thinking, has thus crossed over some line that should not have been crossed and unleashed danger through this structural displacement. Both as the "trace" of an archetype and as a specific literary character, the witch displays gender resistance to the phallocentric culture in which she is physically and philosophically placed. (Sempruch, 2008, p. 56).

En la literatura, la bruja se revela como una fantasía de género, porque constituye una mirada simbólica acerca de lo que la mujer es y representa, tanto para el varón como para la mujer. La bruja comprende una de las metáforas literarias más complejas de la identidad femenina y la diferencia. Su carácter ambivalente permite que se le asocie con la estructura matriarcal-naturalista o se le interprete bajo la luz de una concepción patriarcal-racionalista.

     Al igual que sucede con otras imágenes femeninas, a la bruja se le ha explicado desde la concepción que el hombre tiene acerca de la mujer como el otro que es inquietante, como una amenaza:

 

La bruja representa la antítesis de la mujer normal en una sociedad agraria. Vive sola, habla de igual a igual cuando no superior a los varones, es independiente en el bosque que es la antítesis de lo urbano, gobierna regiones que son peligrosas como la salud, el dinero y el futuro. La bruja completa con su forma la pesadilla, la identidad del varón y la hembra en las sociedades. (Perceval, 1995, p. 48)

 

Esta interpretación del personaje se impone en la mayoría de las obras escritas por varones. No obstante, en la escritura de las autoras mexicanas, se desmitifica poco a poco el prototipo de la bruja mala y esclava de las fuerzas diabólicas (fuerzas masculinas, pues el Diablo es varón), se presenta una caracterización cuyos elementos remiten a la sabiduría ancestral femenina y al poder matriarcal (de la Diosa Madre) y, sobretodo, se sitúa a la bruja como sujeto que rompe esquemas por el poder que le confiere su esencia femenina, esencia que corresponde a la magia natural, a la intuición metafísica.

     Como puede notarse, entonces la interpretación que en las obras literarias se hace de la bruja está relacionada directamente con el género, puesto que tal personaje asume roles y características en correspondencia con afirmaciones sobre los cánones sexuales y las expectativas de género. Así, los personajes literarios femeninos presentados como brujas no sólo hacen referencia al modo cómo se interpreta a la bruja en la literatura o en la cultura popular, sino también a la forma en que las expectativas y los roles de género determinan su interpretación.

     Desde la perspectiva del género con que se mire, la interpretación del personaje de la bruja puede variar. Para la visión masculina, sería una de las encarnaciones de la mala mujer, “representaría los valores impuros, dominados e inferiores frente a los valores dominantes masculinos” (Ortiz-Óses, 1994, p. 276). En cambio, para la perspectiva femenina, puede ser una figura positiva y reivindicadora de las mujeres, al convertirse en la fémina independiente y trasgresora del orden patriarcal: “Her transgressive character relates to her un/belonging that allows for a type of subculture and telates to the ontology of the interval “between the two” wich finds echoes in a range of a contemporary theories on gender” (Sempruch, 2008, p. 56). En cualquier caso, la bruja equivale a una fantasía de género porque simboliza las expectativas que hombres y mujeres depositan en ella.

     Pero, ¿cómo es que el género conlleva ciertas expectativas y cómo es que esas expectativas se traducen en la caracterización e interpretación de la bruja literaria? El género, al ser un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias de los sexos y una forma primaria de relaciones significantes del poder, determina los rasgos psicológicos, funciones socioculturales, actitudes y valores que constituyen la masculinidad y feminidad. Es decir, determina cuáles y cómo son las identidades construidas para cada uno de los sexos, con todo lo que éstas implican: qué función social deben asumir los hombres y las mujeres, qué comportamientos se espera de ellos, qué posición ocuparán en el sistema y en las relaciones de poder, cuáles son las responsabilidades, características, libertades y deseos que deben atribuírsele a cada uno. El sistema de género se traslada a la literatura a través de los personajes, de las relaciones de poder que establecen entre ellos, de las representaciones de lo masculino y lo femenino.

     En El mecanismo del miedo, las fantasías de género en torno a la bruja se manifiestan a través de cómo se caracteriza al personaje de Eduviges y cómo es mirado por los otros personajes. Para los personajes que representan el género masculino y el orden patriarcal, Eduviges es la bruja mala: “esa mujer pálida de saber ilustrado [que] ocultaba un secreto ignominioso”, “una “liberal”, “una creyente pagana de magias y hechizos”; “una concubina de Satanás poseedora de artilugios que destruirían al pueblo y a la familia” (Lazo, 2010, p. 73). De este modo, ante los ojos del grupo dominante, se vuelve una mujer monstruosa y se le califica peyorativamente como bruja, porque “la mujer que es bruja pertenece a lo inaceptable, a la negación, a lo desconocido” (Lagarde, 2003, p. 730).

     En realidad, lo que se condena de Eduviges no se refiere sólo a su práctica mágica, sino que involucra asimismo “su altivez, ecuanimidad e inteligencia” y, sobre todo, su no pertenencia al grupo de aquellas mujeres que “a fin de agradar a los hombres, se aliaban para destruir a las que no encajaban en su pequeño molde de buenas costumbres” (Lazo, 2010, p. 71). Lo que se estigmatiza en la bruja/mujer es el hecho de que posea un saber propio que le otorga poder, que rivalice con el género dominante (el masculino) en la búsqueda de ese poder. El crimen de Eduviges en su calidad de bruja es entonces la desobediencia y la sabiduría (lee libros prohibidos, habla cuatro idiomas, conoce el mecanismo del miedo). Asimismo, se le señala por escapar a toda racionalización que los miembros del sistema patriarcal han hecho de la mujer y de la bruja: Desde dicha visión, en el carácter de la bruja se descubre a la mujer dominante, posesora-posesiva, fálica (pues ejerce un poder sobre otros), a la mujer lúbrica que desea gozar como un varón. Contraria a la imagen de la mujer “devota”, obediente, sumisa y no aliada al poder, Eduviges “no estaba dispuesta a permitir que el yugo masculino aprisionara el libre albedrío de las mujeres” (Lazo, 2010, p. 71). Por eso se le violenta y margina. Al respecto, Marcela Lagarde (2003) señala que:

 

El esquema de la racionalidad dominante exige de la mujer que no tenga poder, que si lo tiene no lo exhiba, que no actúe sobre los otros, más que en las formas maternas o eróticas aceptadas, que no sea inteligente, ni autónoma, ni poderosa, y que no sea mala […]

        La brujería es en esta dimensión una traducción de la locura genérica, y la bruja es la encarnación del mal en abstracto, pero síntesis y abigarramiento de la posible y concreta maldad femenina, encarnada en el erotismo, en la sabiduría y en la alianza de mujeres, aplicadas a desarrollar nuevos conocimientos y a movilizar poderes para modificar el mundo (p. 732).

Una particularidad interesante respecto a la concepción de la bruja, constituye la relación del personaje con el miedo. Para el ámbito masculino, el hecho de que Eduviges fuera poseedora de libros de terror y conociera el mecanismo del miedo significa que puede controlar a los otros (en especial, al hombre) a través de sus temores, de sus emociones e instintos primitivos. En este sentido, el personaje de la bruja vuelve a construir una fantasía de género, al representar una proyección de los miedos masculinos a la castración y al dominio de la mujer. Al controlar el miedo y hechizar a los hombres, la bruja rivaliza con éstos. La interpretación patriarcal ve en la magia y el poder de la bruja, no un poder de las mujeres ni una sobrecompensación matriarcal-femenina del masculinismo reinante, sino que ve en la brujería una proyección del control y el poderío ejercidos por lo masculino: “la propia bruja o hechicera manipula para sus artilugios, menjunjes, encantos, curas y sanamientos materiales por así llamarlos fálico-masculinos” (Ortiz-Óses, 1994, p. 276).

     Luego de que se le calificara como bruja, Eduviges es sometida a torturas por parte de su marido y los campesinos: La golpean, queman sus libros como queman su cuerpo y finalmente la expulsan de Villa Alberina (espacio simbólico del orden patriarcal). Así, la expulsión de la hechicera restaura el orden de la realidad-racionalidad del patriarcado y ubica a esta mujer monstruosa en la periferia, el lugar que le corresponde según el género masculino.

     En cambio, desde una conceptualización femenina, la bruja Eduviges adquiere otro significado recuperando así su imagen de hechicera. Y es que ambas figuras no designan a una única mujer mágica. La primera tiene una connotación negativa al tratarse de un concepto acuñado por la Iglesia católica para designar a las mujeres que atentaban contra la norma. Susana Castellanos de Zubiría (2009) afirma que “[l]a bruja es la racionalización cristiana de la imagen de la ancestral diosa-hechicera. Este fascinante personaje es una degradación deliberada de las sacerdotisas, de las hadas y sibilas anteriores” (p.186). Por su parte, la hechicera es la heredera de la sabiduría y conocimientos de las diosas antiguas; es la mujer mágica que ejerce su poder públicamente y por ello goza de un estatus de respeto en la comunidad. El conocimiento metafísico y ancestral de la hechicera, su fuerza instintiva de hembra y creadora de vida (vida equivalente a la magia) se vincula más con la energía femenina y con los poderes de la Tierra, que con fuerzas demoníacas.

     Desde la perspectiva de los personajes que representan el género femenino en El mecanismo del miedo, Eduviges hechicera  “invoca, conjura, actúa sobre el destino […] tiene en la mano la varita mágica del milagro natural” (Michelet, 2004, p. 30). Para el personaje de María José, su abuela es bruja en el sentido de que sus prácticas, creencias y cultura prominentemente femenina transgreden lo establecido; las mujeres Berenguer son brujas porque “no bajaron la cabeza frente a un macho cruel, reprimido y corrupto” (Lazo, 2010, p. 144).

     A partir de la visión del género femenino, se representa a Eduviges como una bruja sabia, como una hechicera que opera en su entorno para dar vida a los campos y salvar a los niños de las Sombras. También se le presenta bajo la forma de una sacerdotisa que inicia a las jóvenes en el ritual de la lectura. Tal rasgo corresponde a una de las mayores aportaciones de la novela en cuanto se refiere a la caracterización de la bruja: En el mecanismo del miedo, el don brujeril de la magia sobrenatural (de primer grado en la que se emplean conjuros, pócimas y rituales) pasa a segundo término y se privilegia la magia que viene del potencial creativo e intelectual de la mujer.

     María José descubre, a través de Eduviges, a la bruja como una especie de mujer prometeo cuyo verdadero deber “reside en devolver a los niños la capacidad de fabular” (Lazo, 2010, p. 223). Como fantasía del género femenino, la dicotomía de la bruja/hechicera cuestiona el dominio patriarcal, la racionalidad entendida como un concepto masculino. Eduviges Berenguer y las descendientes de su línea familiar se autonombran brujas en un ejemplo claro de “mujeres que buscan de forma activa una identidad social como hacedoras de magia” (Purkiss, 1996, p. 145). Tal y como explica Purkiss, participan de esa denominación porque equivale a un medio legítimo de actuar femenino.

 

El mecanismo del miedo: Un ejercicio encubierto del poder femenino

 

 

Hear now the words of the witches,

The secrets we hid in the night,

When dark was our destiny's pathway,

That now we bring forth into light.

Gerald B. Gardner. The Witches' Creed

 

 

En la novela de Lazo, las brujas ostentan un poder encubierto que se concreta en el mecanismo del miedo. El mecanismo es el poder femenino contrapuesto a otro tipo de poder. Dicha interpretación se formula a partir de las referencias que de él da la protagonista: El mecanismo que, a través de los años ha adquirido personalidad propia, no tolera cerca de la compañía masculina” (Lazo, 2010, p.179).

     El aparato mágico del que son guardianas representa también aquello el medio de control que las faculta para incidir sobre los habitantes de Ciudad Albazán. Este mecanismo está rodeado del mayor de los secretos, por lo que el poder que manejan las brujas no se exhibe en el ámbito de lo público, sino que permanece en lo privado (un ámbito doméstico, el ático de la casa de las Berenguer).

     Tradicionalmente, el espacio de las brujas está el mundo oculto, en las sombras y la noche. Es decir, en todo lo que está más allá del alcance de los cinco sentidos del ser humano. El secreto es uno de los valores trascendentales de la bruja, debido a que todo encantamiento y sortilegio deberá estar rodeado del mayor de los silencios, del misterio más absoluto. El secreto encubre cómo opera el poder de las mujeres. La instrucción acerca de este poder sólo puede ser transmitida de manera oral de madres a hijas, en el ámbito doméstico, sin la presencia de los varones.

     En la novela, la estrategia de la bruja para ejercer el control es compleja: juega con lo dicho y lo no dicho, con la expresión y el silencio; juega con la dinámica de ocultación y revelación. Las Berenguer pueden tanto actuar en lo público enfrentándose a los hombres, como ocultarse y apartarse del género masculino (las Berenguer pierden a sus esposos y engendran hijas solamente); a veces callan y otras hablan en un lenguaje enigmático y sugerente: Eduviges no contesta abiertamente a las preguntas de su nieta, porque de esa forma induce a la joven a asumir el comportamiento que espera de toda Berenguer: la independencia. El silencio, la ambigüedad son medios de control que emplea la bruja en El mecanismo del miedo, a diferencia de la bruja tradicional quien toma la palabra como medio de dominio (invoca, maldice, conjura).

     Como ejercicio de poder, la bruja trae consigo la dimensión de otro mundo. Desde su espacio creado, su aquelarre intelectual, la subversiva Eduviges Berenguer protesta contra el orden establecido mediante sus propias creencias y legado familiar, los cuales hacen las veces de una doctrina explícita de crítica social (cuestiona los procedimientos de la Inquisición y la actitud machista de los hombres). Su protesta no se limita a exponer su desacuerdo, sino que busca instaurar un contrapoder, una contracultura, es decir, espacios alternativos al régimen patriarcal, donde tengan cabida “los sentimientos, la espontaneidad, la imaginación” (Harris, 2005, p. 218) como valores positivos vinculados a lo femenino. La bruja los instaura porque, a decir de Marvin Harris,  “[e]l rechazo a la objetividad, el relativismo amoral y la aceptación de la omnipotencia del pensamiento hablan de la bruja” ( p. 230). En la novela, esos espacios corresponden a la magia femenina y a la literatura.

 

Los rostros de Hécate: Imágenes de la bruja en El mecanismo del miedo

 

Como mujer, la bruja no es una identidad acabada. Es caos y es un nuevo orden. Es joven y es anciana. Es pues la metáfora de las expectativas contradictorias de las mujeres y del rol femenino en la cultura contemporánea.

Demian Lister

 

El mecanismo del miedo presenta interesantes imágenes de la bruja que en conjunto se complementan o se contraponen hasta esbozar una idea global de la bruja. Como se mencionó antes, en la novela destacan tres personajes que encarnan sus distintas facetas: Catalina, Eduviges y María José Berenguer, quienes corresponden a las caracterizaciones de la gran madre bruja, la bruja anciana y la bruja niña. Cada una de las mujeres Berenguer aporta un rasgo para completar la imagen de la bruja propuesta por Lazo en su obra: El personaje de la bruja se encuentra en construcción permanente, ya sea porque los personajes miembros del género masculino siempre están imaginando una identidad para ésta o porque los mismos personajes femeninos proyectan, contradicen y dialogan con los estereotipos de la mujer mágica.

     El diálogo de figuras brujeriles más interesante que se presenta a lo largo de la novela es la relación entre la imagen de los personajes de Catalina y Eduviges. Aunque las dos provienen de la misma familia, profesan las mismas creencias y comparten el mismo rol de la mujer trasgresora, ostentan diferencias importantes.

     La caracterización de Catalina, como mujer y como bruja, responde a “la mujer adelantada a su época. Rebelde, provocadora y de ademanes varoniles” (Lazo, p. 59). La matriarca Berenguer ejercía su poderío en la esfera pública, ejercía su sexualidad por amor y por placer, tenía una posición privilegiada entre la comunidad y sus actos enfrentan abiertamente al orden masculino-patriarcal. En este sentido, más que bruja, era hechicera.

     La imagen de la hechicera contrasta con la de Eduviges, la bruja anciana. Este personaje femenino necesita resguardarse en la privacidad de su morada para sobrevivir. Su cuerpo es débil, pero su fragilidad está compensada por su sabiduría. Al contrario de su antecesora, Eduviges ejerce el poder que le confiere la magia, o mejor el mecanismo del miedo, desde lo doméstico. Su rol parece el de una educadora maternal que guía a las jóvenes brujas en su autodescubrimiento. La fuerza del personaje reside en el reconocimiento de su sensibilidad. Si Catalina Berenguer era símbolo de las fuerzas pasionales femeninas, Eduviges encarna otras fuerzas vitales, quizá un poco más sutiles, pero no por ello menos poderosas.

     El juego de imágenes y el diálogo entre las interpretaciones respecto a la mujer mágica bruja/hechicera se vuelve la propuesta de Lazo para definir a la bruja como personaje literario. No obstante, la bruja se escapa a una definición por estereotipos o imágenes completas. La bruja es una identidad inacabada, fragmentada; es una manifestación de lo femenino y lo femenino en la novela de Lazo se define cual fuerza activa. En la misma medida que se entienda lo que es y lo que representa la mujer, se podrá concebir a la bruja en toda su complejidad simbólica.


Conclusiones

 

A lo largo de este trabajo, los postulados de la teoría de género acerca del género y sus perspectivas, de los sistemas de poder y de la posición de la mujer en dicho sistema, permitieron que se pudiera explicar al personaje de la bruja en un aspecto diferente al de personaje fantástico. Se descubrió en la bruja una representación simbólica de la mujer. Durante los últimos años, dicha representación ha sido cuestionada por las escritoras mexicanas. Éstas han tratado de ver en el personaje algo más que a la antagonista y la figura representativa la maldad. Lo han rescatado del olvido, de la estereotipación y de la ignominia, pues la concepción tradicional de la bruja les es extraña. Para las mujeres, la bruja puede representar el poder femenino, una forma de actuar ancestral. Las autoras mexicanas actuales problematizan la interpretación común de la bruja y recrean su imagen para que, desde la perspectiva femenina, sugiera una faceta de la mujer como sujeto de poder.

     En la literatura mexicana, el personaje de la bruja ha sido una fantasía de género en la que convergen las concepciones, expectativas y miedos masculinos y femeninos. La bruja literaria ha servido como punto de encuentro para las distintas visiones de género. Por tanto, su identidad es ambivalente en este sentido.

     La bruja de El mecanismo del miedo actualiza el mito, pero al mismo tiempo retoma elementos del folclor celta y del arquetipo de la hechicera para caracterizar a las brujas Berenguer. Integra los estereotipos brujeriles ironizándolos para cuestionar su valor ante los ojos de las mujeres de la novela. Lazo experimenta con los supuestos en torno a la bruja como mala mujer y ofrece la voz a este carácter marginado para que cuente la historia desde su perspectiva. Para la autora, la bruja no es monstruo ni esclava de fuerzas malignas, sino una mujer en busca de su identidad.

     Lo más destacado del planteamiento de Lazo respecto la bruja es el hecho de que la relaciona con la invención artística y la literatura, además de vincularla con el miedo, entendido como un impulso de conservación (y no una sensación negativa). La bruja de El mecanismo del miedo más que un ente sobrenatural, es una mujer que se define a sí misma al involucrarse con la brujería y así controlar el significado de su propia vida.

 

 

 

Referencias

 

 

Castellanos de Zuburía, S. (2009). Hechiceras (107-168), Brujas (183-229) y Cuentos de brujas (231-281). Diosas, Brujas y Vampiresas: El Miedo Visceral del Hombre a la Mujer. Colección Documentos. Bogotá: Norma.

 

García, L. M. (2002). El folklore y el papel femenino en la cuentística de Elena Garro (708-713). Morada de la palabra: homenaje a Luce y Mercedes López-Baralt, Volumen 1. Universidad de Puerto Rico.

 

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[1] The witch-crone o bruja anciana no debe confundirse con otra de las imágenes de la bruja como anciana, la bruja-madrastra o la bruja mala que asume la apariencia de una vieja perversa y lasciva. The crone corresponde a una imagen de la bruja buena relacionada con el aspecto de la vejez de la Diosa pagana Hécate, es sabia y experimentada, brinda orientación y consejo.  

 

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