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Tan nómada como la voz

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¿Qué hacer para encontrar nuestra verdad más allá de la palabra siempre reconocible, siempre ofrendada en el diario ritual del lenguaje? Alardear, ser tan nómadas como la palabra en su trayectoria, contesta Andrea Olson, la bruja-poeta cuya única verdad es la magia-escritura. ¿Y cómo alardeamos, cómo recorremos el mismo itinerario de la palabra? Convirtiéndonos en acróbatas, en magos, en poetas, dice Olson.

     Un poeta balbucea palabras con la timidez de un niño y se intriga con ellas. Sí, para el poeta la palabra es la intriga que provoca su alarde, la impaciencia de sus huesos. De este juego que se convierte en acoso y metamorfosis del vocablo cotidiano, nosotros podemos ser testigos y cómplices al acercarnos a la obra poética de la joven creadora. A través de sus tres poemarios, reunidos aquí bajo el título de Tan nómada como la voz, Andrea Olson emprende la búsqueda por la palabra que le es desconocida, es decir, por la poesía.

 

I

 

Todo inicia con su Espejo de letras, diez poemas en los que la intuición, la rabia, la experimentación y sobre todo la muerte figuran como ejes. En este poemario, la poesía es el “latido feroz” que nace del dolor y de la incertidumbre. La voz poética es todavía aprendiz. No hay técnica definida, pero sí una expresión sincera. Existe el arrojo, la imaginación, la espontaneidad y la curiosidad del novato.

     Como introducción, la poetisa nos advierte: “En mi experiencia, la poesía fue el medio a través del cual puede explotar el universo oculto que latía bajo las entrañas de mi racionalidad; los anhelos y las pasiones que alimentan la llama de mis días; las debilidades y frustraciones que me conducen a la raíz de un remolino opresor de mi soplo vital; los miedos que desgarran mis fibras nerviosas”.  El poema entonces surge como resultado de un proceso catártico. Pero no se queda en estallido visceral gracias a la disciplina de la autora. No se trata tampoco de una escritura nacida de certeza alguna. Al contrario, su proceso creativo es azaroso porque deviene del descubrimiento (del lenguaje y de sí misma).

     En Espejo de letras, la prosa poética y el tono violento constituyen las formas en las que la pérdida, la nostalgia y la decepción se hacen tangibles. El poemario es sólo el relato fragmentado de una catástrofe. La voz poética gime ante el caos:

 

La zona demolida se cubre de espectros. El pasado huye tras la devastación. Sólo permanecemos tú y yo en medio de esta cosecha de huesos. Sin nada en las manos. Perdidos en el recuerdo de los seres que fuimos. Acorralados.

 

El pesimismo, la decadencia y la melancolía de Espejo de letras recuerdan la obra del tristísimo Edgar Allan Poe – con quien la autora comparte la obsesión por la muerte. Asimismo recuerda el trabajo de los poetas malditos, especialmente a las Flores del mal, de Charles Baudelaire. Otro eco latente es el de los versos del escritor chileno (o mejor debería decirse antipoeta y mago) Vicente Huidobro. De él, Olson aprendió el dominio de las metáforas creacionistas. Los susurros de todos estos mentores conviven con el grito de la mujer, de la artista, que se muere con el corazón entre las manos.

     En Espejo de letras, cada uno de los textos apela a un “tú” distante y hermético, que se bifurca en distintas entidades. Frente a su silencio, la voz poética adopta el reclamo, la petición de venganza y la re-creación de la historia que sólo se consigue a través del lenguaje. La voz titubea: ya opta por el llamado resignado, suplicante, ya por la afrenta formulada abiertamente. Sin embargo, sea como sea, su palabra siempre resucita esas presencias, casi fantasmales, que son espejo de su pasado y la hacen consciente de su soledad futura: “Estoy inmersa en un espacio de humo […] donde mis venas se desatan de las tuyas liberando nuestros destinos”.

 

II

 

Ya asimilada la sorpresa de la primera incursión, la autora reflexiona sobre su trabajo y sigue buscando su estilo. No le resulta fácil desprenderse de sus prejuicios ni de sus palabras más amadas. Su voz cambia, pero el poema continúa siendo su alarde. Ahora alterna la prosa poética con el verso corto: Su reto es la síntesis de la idea y la emoción en una imagen. Así, surge La muerte es una mariposa en tu silencio.

     El segundo poemario insiste en el tema de la muerte; busca la respuesta de qué significa para los deudos. “La muerte es tu silencio”, sentencia la voz poética y se rehúsa a aceptar tal silencio. Opta por el susurro, por lanzar preguntas a un ser que ya es ceniza. Los primeros poemas parecen verdaderas charlas con fantasmas. El “tú” aparece de nueva cuenta, pero esta vez es uno hecho de recuerdos, idealizado por el amor y la espera que se eternizan con la muerte.

     En La muerte es una mariposa en tu silencio, la propuesta gira en torno a la imagen y la metáfora. El verso de largo aliento se vuelve insostenible porque: “[e]l corazón mutó en un espectro tácito/que se maltrata con cada latido”. El verso corto se convierte en eco de la decepción y el silencio comienza a invadirlo todo. La voz poética duda de sí misma, duda de la palabra agazapada en sus labios.

     La derrota se presiente en sus versos: “Mírame, ahora soy una ráfaga en extinción”, declara. Con cada poema, la voz parece apropiarse de una agonía que le es ajena y  hacer de la muerte su meta instintiva. No obstante, aún hay una fuerza que la empuja hacia la vida, hacia la supervivencia. ¿Qué la aleja de la muerte? El amor, el deseo. Eros es puesto en movimiento por su recuerdo: La evocación regresa al amante muerto por unos instantes. El lenguaje poético se vuelve promesa de vida eterna. Con él, la voz se rebela contra el orden de la renunciación.

          La obra sigue un plan de escritura bien definido: Olson estructura sus textos a partir de campos semánticos, metáforas y símbolos en oposición, sin sacrificar la cadencia natural de las palabras. Aquí aparecen ya elementos simbólicos que caracterizarán su trabajo posterior: la mariposa, el pájaro, el fuego, el aire, la hoguera, la luna, las flores, la sangre, los huesos y el labio.

      ¿Por qué el afán de convertir a la mariposa en labio? ¿Por qué hacer de las manos una hoguera para el amado ausente? ¿Por qué contraponer la naturaleza con la muerte? Porque es la única forma de continuar el ciclo vital, el ritual amoroso. En el poema, los labios inertes se degradan para engendrar una mariposa o un ave, ambas, criaturas relacionadas con la libertad y el cambio. Particularmente, aquí la mariposa representa la metamorfosis y el nexo entre la vida y la muerte:

 

 Una mariposa agoniza entre tus labios:

Tu voz se vuelve un lirio ensombrecido

 

La mariposa inmóvil en los labios profetiza lo que el silencio traerá consigo. Pero también, por un breve tiempo, logra cerrar la herida siempre abierta del poema. Contenido el gemido ritual tributado a los muertos, la voz poética aprende otra expresión que no es sollozo ni aullido: El alfabeto del adiós, el fuego.

     El fuego nos habla de regeneración, de una despedida impostergable. Es arquetipo del ciclo vida-muerte, encuentro-desencuentro La llama se enciende para quemar en ella el cadáver que atormenta en el silencio. En el poemario, el fuego está presente en todas sus representaciones (la flama, la hoguera, el incendio, el infierno) y, según se manifiesta, remite a una etapa en el proceso de destrucción y creación que el silencio y el lenguaje poético emprenden a lo largo del libro.

     En el duelo, la llama expresa la desintegración del yo, la conciencia de la soledad. La voz poética se inmola para reunirse con el amado porque sólo la destrucción de sus cuerpos les dará la eternidad:

 

En un huerto de cráneos

descansan las dichas que nos pertenecieron

 

mientras tú y yo bailamos con pies demolidos

en el núcleo de un infierno personal

 

hasta el fin de los tiempos

hasta el final del espíritu


La incandescencia realiza un prodigio inesperado: libera a los muertos; purifica y sana a los vivos. Quien enuncia volverá de las cenizas. La carga simbólica del elemento ígneo se torna distinta, positiva: ahora es una energía que reconforta, que mantiene a salvo el latido. El fuego por fin recobra su significado amoroso: “y el infierno sólo es la fogata/ que mi aliento enciende en ti”, concluye la voz poética. La remembranza de la vivencia erótica junto al amante se convierte en otra manera de superar su ausencia. Eros y Tanatos se reencuentran y luchan en el verso.

     Junto al fuego y la mariposa, las flores son elementos simbólicos recurrentes en el poemario. La característica principal de las flores es que siempre están ligadas o subordinadas a un sustantivo abstracto que connota lo negativo y sombrío. Así la naturaleza que se describe en el poema es una naturaleza muerta, alegórica:

 

La ortiga de esta espera silenciosa se abraza a mis vértebras. El delirio me cubre con su polen de inquietud, con su pétalo de pesadilla, con su magnolia de lutos imborrables.


La orquídea, el crisantemo, la rosa, el lirio, la violeta y las hojas secas constituyen la ofrenda mortuoria del poema. Estas flores son los remanentes de la belleza y la alegría pasadas. Marchitas por el tiempo, sólo son signo de lo efímero y lo frágil. Esta naturaleza será “de pesadilla”, “de silencio”, “de  dolor”. Cada flor es un dolor que no muere, una decepción longeva. Cada flor forma parte del cuerpo: La orquídea se transforma en lengua. La hojarasca en piel quemada. El crisantemo en el corazón que ha dejado de palpitar.

     La muerte es una mariposa en tu silencio es el germen de lo que vendrá después: una poesía más trabajada, con una propuesta definida y personal. En este poemario, la técnica no se encuentra perfeccionada, aún hay tropiezos y dudas formales. La imagen, la metáfora y el ritmo se conciben como las mayores ambiciones. La muerte y el duelo otorgan unidad formal a la obra. Y eso ya no es fortuito o intuitivo:

 

Si bien mis primeros poemas surgieron del experimento tallerístico, los de mi segundo libro no son producto de una casualidad ni de un juego con la palabra. A decir verdad, me tomé muy a pecho el proceso de escritura y busqué equilibrar la emoción y la expresión poética. No siento que lo haya logrado del todo. Pero es un comienzo. El poemario me ha dado la experiencia que necesitaba para encontrar mi voz, la verdadera.


El mayor acierto de La muerte es una mariposa… es su estructura a partir de un concepto y el modo en cómo éste evoluciona a través de los textos.  Es por así decirlo, un poemario de tesis, en el que se advierten premisas filosóficas acerca de la finitud humana. Ya lo habíamos dicho, el poemario responde a la pregunta de ¿qué es la muerte? Para los muertos, es el silencio, la imposibilidad de creación mediante la palabra. La muerte es la derrota de la voz ante lo inasible de la desaparición. No resta nada; todo está dicho. En palabras de Pablo Neruda: “He aquí que el silencio fue integrado por el total de la palabra humana, y no hablar es morir”. En cambio, para los vivos, la muerte no es más que el olvido. Como muestra de ello, está el poema que cierra este volumen:

 

Amor, la muerte es una llama que seca el cardo de tu voluntad;

es el hastío que extingue la rebeldía de tu sangre

 

Una mariposa agoniza entre tus labios:

Tu voz se vuelve un lirio ensombrecido

 

Yo soy un pájaro callado que acecha tu alma

Busco en ti los vestigios del sonido libre de la risa

 

Quiero el grito que nunca nació de tus entrañas

Quiero vencer esta muerte que es tu silencio

 

En la obra, el silencio posee un carácter perverso pues extingue la rebeldía y la voluntad. En él, cabe toda la desesperanza y la fragilidad humanas. Para Bataille, el silencio “es la abolición del ruido que es la palabra; entre todas las palabras es la más perversa o la más poética: ella misma es prenda de su [propia] muerte”. La poesía permite que las palabras no desfallezcan con el hombre. Así, la poesía de Olson se opone a ese silencio volviéndose un espacio para la superación de toda muerte (física y discursiva).

 

III

 

El recorrido de la voz nómada concluye,  de momento, con Alarde de otros labios. Este poemario es, sin dudas, el más auténtico de los alardes poéticos de Andrea Olson. Los años, nuevas lecturas y un trabajo constante con la palabra hacen del libro una propuesta totalmente sólida. Como su antecesora, ésta es una obra conceptual: La costumbre y los labios darán pretexto para reflexionar acerca de la pasión y rutina en las relaciones amorosas.

     El poemario presenta un amor distinto, el cual exige dolor para su realización. Los amantes se evaden mutuamente, se hieren para provocar el deseo del otro:

 

A veces tus labios hieren como espadas

y la piel no me basta para ocultarme de ti

 

La visión erótica es la de un encuentro perverso. La pareja se ofrenda en su unión. Sus cuerpos mueren y renacen con cada beso. Poseer al otro es la máxima transgresión, el máximo triunfo. Y no obstante que el vínculo amoroso y amatorio se vuelve insoportable, ninguno resiste la idea de separarse. De ese modo, Alarde de otros labios sigue la tesis de Bataille sobre que el placer y el dolor están siempre unidos como los sutiles extremos de la línea vital.

     La violencia y el erotismo son instintos naturales del poema; ambos conducen irremediablemente a la continuidad de la experiencia artística. Las voces poéticas (sí, la poesía deja de ser monólogo para incorporar la voz del otro) juegan con lo prohibido, lo oscuro y lo reprimido. Esos serán los componentes de la seducción y su lenguaje en el texto:

 

Es la nieve y tu sangre

Es esta violencia sobre los labios

 

Son las víctimas que laten bajo mis venas

Son mis huesos uniéndose a los tuyos como clavos

 

Un beso también puede iniciar una guerra

si juega con la seducción de lo amargo

 

 

¿Qué lleva a los amantes a vivir el amor erótico como una experiencia bestial, casi obscena por lo salvaje de sus actos? La transgresión a la costumbre y al rito sexual oficializado, sacralizado por los demás. Si la pareja decide amarse en la barbarie es porque en la novedad y en la agresión se vive la intensidad, la impaciencia, la aprehensión. Más que un instinto, hay una renuncia premeditada. Se renuncia a la convención, a la costumbre de ver en el amor un remanso. También hay una voluntad por inventar la propia intimidad, por entregarse a la ceremonia de la fragilidad y vulnerabilidad de sí mismo.

     Alarde de otros labios revela hábitos carnales en los que el labio se convierte en el nexo entre dos cuerpos. Su tacto (re)inventa los contornos del compañero de lecho. El otro se somete a la presencia de labios extranjeros. El primer encuentro entre los labios y la piel, detona la entrega radical de los enamorados. Sólo la boca puede dejar indefenso el cuerpo del otro, hacerlo arder. El labio ya no es frágil; es animal y hoguera:

 

Yo sé que las heridas son otros labios,

labios como perros a punto de morder

 

A lo largo del poemario, el labio muta en herida, flor, espada y mariposa.  Insiste en suplantar al cuerpo para recordar la fatalidad que esconde lo inocuo: “¿Los labios pueden extinguir otros labios?”, se pregunta una de las voces. El combate de los labios –entiéndase el beso- es la metáfora del erotismo pervertido que busca la aprobación de la vida y el amor hasta en la violencia y la muerte. Por otra parte, esa misma unión, aunque combativa, consigue la ambición más grande de la pareja: la continuidad de uno en el otro:

 

De noche, tus labios inician su ataque:

Los besos se extienden como un incendio que consume mi selva.

 

Te unes a mí como la luna se une al sol durante el eclipse.

Tu silueta junto a la mía crea un hermoso contraste

 

Los labios siempre están relacionados con elementos de la naturaleza, sobre todo con el  fuego y el aire. A su vez, los elementos se relacionan con las emociones de los amantes: El fuego es odio que se confunde con amor. El aire, el aliento, el soplo de vida. El agua alude al deseo lúdico. La tierra encarna la fertilidad y la regeneración de los cuerpos que se descomponen en pájaros o peces para acudir a la energía creadora universal.

     Alarde de otros labios es la obra mejor lograda formalmente. La poetisa ha encontrado la estructura que mejor reproduce su voz en el poema. El verso es ya preciso. Las palabras han sido cuidadosamente hilvanadas por su función y ritmo. La expresión abandonó su rigidez y además de la imagen y la metáfora, se incorporan al alarde poético otros recursos como la sinestesia, anáfora, antítesis, paradojas y el símil, por mencionar algunos.

     Desde el primer poema hasta el último, el verso se transforma: se hace más corto, más enigmático. Apenas unas palabras son suficientes para transmitir una idea; para unir lo abstracto con lo concreto, lo carnal con lo espiritual. El poemario expresa ya la voz genuina de la autora, una voz que existe porque sabe que alguien la escuchará: “Escribo para acudir a mi centro, para registrar mi derrota y reunirme con mis semejantes. Aprendí que la poesía es un alfabeto óseo, que me construye a capricho. Habrá que esperar el futuro alarde de mi voz hecho verso”.

      En la poesía, nada está resuelto. Y la promesa de un siguiente viaje con la palabra siempre estará en los labios del creador que no tiene más ambición que la de nunca encontrarse. Andrea Olson es así: inconforme, renuente a dejar que su voz se convierta en eco.

 

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